Dicen que más vale pájaro en mano que ciento volando. Pues a mí, cada vez que escucho en alguien esa impúdica renuncia a la esperanza, el cielo se me torna gris y lluvioso, me aparecen oscuras sombras de cipreses, se me hace un nudo en la garganta y el olor a flores mustias me confirma que, de nuevo, estoy asistiendo a un entierro. Porque la persona que lo dice, sin duda, en algún momento de su vida comenzó a amortajar todos sus sueños y fue metiéndolos poco a poco en el féretro que ahora se cierra para siempre. Y es tan triste que, si no me controlara, iría corriendo a darle el pésame a sus hermanos, primos, cuñados, sobrinos, hijos políticos y demás familia.
Porque una cosa es tener los pies en el suelo, que está muy bien para sobrevivir en este convulso mundo; y otra, muy diferente, es prescindir de la ilusión, de esa sana costumbre que consiste en suponer que las cosas se pueden mejorar, que los tiempos difíciles pueden pasar, que podemos optar a un trabajo mejor, que podemos conseguir que, si no todos, alguno de nuestros deseos se haga realidad...
Pensad por un momento qué habría sido de nuestra vida si allá en las cavernas un tipo peludo no se hubiera emperrado en que debía haber una forma más cómoda de trasladar unos bultos de un lugar a otro sin deslomarse cada vez. No creo que tengáis problemas para imaginar al pobre cavernícola soportando las risas de sus congéneres, el escepticismo con que verían ese loco sueño. Seguramente le dirían: - ¡Oye, Ñampa Zampa, eres un pedazo de iluso! La única manera de llevar todos estos pedrolos de un sitio a otro es con nuestros brazos. ¿Cuándo dejarás de soñar? ! Tienes la cabeza llena de pterodáctilos!-.
Pero él, afortunadamente, no se conformó con el "...más vale pájaro en mano..." y llevó a cabo su rudimentario proyecto. Supongo que el invento de la rueda debió de ser algo así ¿no?
Pues eso.