jueves 6 de noviembre de 2008

yes, we can

Sí, podemos volver a soñar.
Sí, recuperamos la esperanza
Sí, volvemos a creer que todo es posible.

Por fin alguien inteligente y viajado gobernará El Imperio.
Por fin alguien mestizo, como nuestro mundo.
Por fin alguien dará color a la Casa Blanca.

No podía dejar de escribir cuánto me alegro por este cambio... (Estaba hasta los c... del impresentable Mr. Bush...).

Ha sido un verano raro para mí.
Ha muerto un estupendo compañero de trabajo.
Creo que a algunas personas les revienta el corazón de tanta bondad, Simón.
Tú has sido una de ellas.
Gracias por cada una de tus entrañables y desdentadas sonrisas.


Han nacido mis dos sobrinos: Héctor y Martina.
Creo que mis hermanos serán unos grandes padres.
Son unos niños sanos que ya cuentan con el amor de tod@s sus ti@s.


También ha nacido la pequeña Julia, la hija de un gran amigo. Otro motivo más para la alegría.
La vida nos sonríe, chic@s!!
Suenan los Beach Boys en mi cabeza.
Disfrutemos de la ola.










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miércoles 18 de junio de 2008

La sombra que acompaña a mi sombra

Fuimos dos, mi sombra y yo.
Hoy amo a la persona que proyecta la sombra que acompaña a mi sombra. Así que somos cuatro, con él y su sombra.
¿Pero y si estoy equivocada y primero fueron su sombra y la mía?
Puede que esas sombras se enamorasen antes y nosotros repetimos cada uno de sus gestos igual pero de otro modo. A rebufo de sus besos y caricias desde hace años, imitando, cuando ellas nos dejan, sus distorsiones, sus imposibles perspectivas, sus oscuridades…
El verano con su luz las hace más intensas, más nítidas, más largas y evidentes. Cerca, demasiado cerca, con sus pies pegados a los nuestros
No, no acabo de acostumbrarme a este amor simbiótico: nosotros verticales y ellas horizontales, perpendiculares, radiales...
Sin embargo, me horroriza pensar que en este viaje que un día iniciamos juntos hagamos escala en Mordor, la tierra donde mueren las sombras, y sin ellas no quede ya nada de nosotros.

miércoles 4 de junio de 2008

Tempus fugit

Hola, de nuevo a todo el/la que me lee en este blog.

Lo tengo abandonadillo por las p... oposiciones que no me "dejan de vivir".
Por un momento, ingenua de mí, me creí una iluminada, un ente divino, una profetisa indómita, la primogénita de algún dios a la que se le concecedería el don de multiplicar su tiempo para repartirlo adecuádamente entre trabajo, blog, familia, amigos, prepaación de la oposición, vida sexual, lectura, paseos por la montaña, marido, tareas domésticas, gastronomía y estas divagaciones sin rumbo tan de mi gusto.
Pero no, por lo que parece mi descreimiento en seres superiores y paraisos futuribles no me hace digna de ese talento sobrenatural... C'est la vie!!
Así que, aquí me tenéis casi un mes después de mi última publicación en el blog intentando excusarme por dejaros abandonaicos/as todo este tiempo. Mea culpa, mea culpa...
Confío en ser digna del perdón de aquellos/as que me leen puesto que, imagino, también han padecido o padecen de esos días en los que las 24 horas se acortan más de lo previsto y, me temo, cada minuto no tiene 60 segundos... Gracias por adelantado.
Besos para todos y hasta pronto (espero).

lunes 12 de mayo de 2008

El tren



Cuando era niña vivía en una antigua Avenida del Ferrocarril , y me acostumbré pronto al rítmico sonido de los trenes. Todavía puedo verme sentada, con mis entonces diminutas piernas fuera del balcón, contando los vagones de aquella inmensa mole de carruajes que, majestuosa, iba alejándose por una vía que a mi me parecía infinita.
Supongo que por eso el tren me parece la forma más auténtica de viajar y os puedo asegurar que me es indiferente subir a un rápìdo y puntual Euromed que a un desvencijado borreguero. Me gustan las modernas y asépticas estaciones de capital, pero también la obsoleta y cutre estación de ferrocarril de un pueblo perdido en Las Hurdes.
Me fascina ese ritual tantas veces repetido de comprar el billete, depositar el equipaje en el andén, comprobar la hora en el reloj de agujas de la estación y mirar el final de la vía esperando ver un diminiuto punto que en unos instantes se convertirá en el tren que esperamos.
Cuando se trata de un trayecto largo, llevo conmigo un libro, una libreta y un lápiz para matar el tiempo. Estas actividades suelen durar mucho menos de lo que pretendo porque siempre me distrae un retazo de conversación entre otros pasajeros, un revisor que asegura maletas y bolsos de viaje sobre nuestras cabezas, un nuevo paisaje en ese lienzo que cambia continuamente al que llamamos ventanilla, un niño corriendo por el pasillo o una parada inesperada que traerá nuevos vecinos a nuestro vagón.
Siempre he visto la primavera como una estación de paso, el momento adecuado para cambiar de tren. A menudo con las prisas, con este lío de maletas, con tanta gente que entra y sale, con este jaleo, que es la vida a la que siempre se define como el gran viaje, podemos equivocarnos de tren y subir en uno que descarrile o entre en una vía muerta...
Así que hemos de estar atentos y y si nos hemos confundido en algún momento pues se hace un transbordo y se acabó el problema.

jueves 8 de mayo de 2008

¿Síndrome de Diógenes o pop-art?

No sé si os habéis relacionado alguna vez con una de esas personas que acumulan cosas que a nuestros ojos parecen totalmente inútiles. Yo conozco la casa de una “Gran Coleccionadora”. Aunque quizá coleccionar no es lo más apropiado para definir el hacinamiento de objetos inservibles que se almacenan anárquicamente por toda su casa. Recuerdos nacarados de primera comunión con fotos de niños que hoy, sin duda, ya serán adultos, “auténticos” jarroncillos chinos fabricados en serie, flores de plástico que en los años setenta ya amarilleaban, calendarios de gatos y risueñas nenitas rubias que devoran sandía mientras anuncian compañías de transportes nacionales e internacionales a precios asequibles para la pequeña y mediana empresa, relojes de sobremesa a los que casi siempre les falta alguna que otra pieza irreemplazable, bolsas de plástico con migas resecas de pan en su interior, monederos de polipiel, zapatos de diferentes tallas que expolió cuando la fábrica en la que trabajaba su difunto marido sufrió un “desafortunado incendio”, decenas de papeles de regalo con su correspondiente pegatina tipo "espero que te guste", un espantoso tití disecado vestido de marinero , varios aparatos de radio abandonados en cuanto empezaron a fallar sus pilas y más de 100 insólitos objetos comprados en el Todo a 100 de la esquina forman este completo catálogo del kitsch más radical.
Siempre me he preguntado qué extraña necesidad mueve a estos acaparadores, a estos grandes acumuladores.
Tal vez tienen mala memoria y cada objeto es la llave de la que se sirven para acceder a un recuerdo olvidado.
Puede que nunca encuentren el momento apropiado o el valor necesario para deshacerse de ellos.
Se me ocurre que necesitan rodearse de cosas porque se sienten solos y utilizan los objetos como pobres sustitutos de personas.
Aunque tal vez sea mucho más simple que eso: ¿y si lo que realmente quieren es convertir sus casas en museos especializados en Pop-Art? Leí hace tiempo que la madre de Andy Warhol era una de estas personas de las que antes hemos hablado. A lo mejor no voy tan desencaminada...

miércoles 30 de abril de 2008

De pájaros y pterodáctilos

Dicen que más vale pájaro en mano que ciento volando. Pues a mí, cada vez que escucho en alguien esa impúdica renuncia a la esperanza, el cielo se me torna gris y lluvioso, me aparecen oscuras sombras de cipreses, se me hace un nudo en la garganta y el olor a flores mustias me confirma que, de nuevo, estoy asistiendo a un entierro. Porque la persona que lo dice, sin duda, en algún momento de su vida comenzó a amortajar todos sus sueños y fue metiéndolos poco a poco en el féretro que ahora se cierra para siempre. Y es tan triste que, si no me controlara, iría corriendo a darle el pésame a sus hermanos, primos, cuñados, sobrinos, hijos políticos y demás familia.

Porque una cosa es tener los pies en el suelo, que está muy bien para sobrevivir en este convulso mundo; y otra, muy diferente, es prescindir de la ilusión, de esa sana costumbre que consiste en suponer que las cosas se pueden mejorar, que los tiempos difíciles pueden pasar, que podemos optar a un trabajo mejor, que podemos conseguir que, si no todos, alguno de nuestros deseos se haga realidad...

Pensad por un momento qué habría sido de nuestra vida si allá en las cavernas un tipo peludo no se hubiera emperrado en que debía haber una forma más cómoda de trasladar unos bultos de un lugar a otro sin deslomarse cada vez. No creo que tengáis problemas para imaginar al pobre cavernícola soportando las risas de sus congéneres, el escepticismo con que verían ese loco sueño. Seguramente le dirían: - ¡Oye, Ñampa Zampa, eres un pedazo de iluso! La única manera de llevar todos estos pedrolos de un sitio a otro es con nuestros brazos. ¿Cuándo dejarás de soñar? ! Tienes la cabeza llena de pterodáctilos!-.
Pero él, afortunadamente, no se conformó con el "...más vale pájaro en mano..." y llevó a cabo su rudimentario proyecto. Supongo que el invento de la rueda debió de ser algo así ¿no?
Pues eso.

lunes 21 de abril de 2008

Cada vez que llega la Semana Santa se repite la misma historia y ésta que hace poco nos abandonó no iba a ser diferente. Una vez más los suplementos semanales que nos “regalan” los diarios se ven plagados de artículos en los que se ensalza la figura del viajero, casi divinizándola, y se ridiculiza la del turista. Estos artículos, generalmente escritos por señor@s de un nivel adquisitivo bastante más holgado al del común de los mortales y, por lo que se ve, únicos depositarios del buen gusto y el savoir faire, dogmatizan sobre cómo ha de ser un viaje, sobre cómo debemos comportarnos en un país extranjero, sobre qué y dónde debemos comer, sobre qué exclusivas tiendas que visita tal o cual famosete no podemos perdernos e incluso deciden en qué momento del año hemos de hacer nuestro viaje, a qué país viajar y cuánto debería durar nuestra estancia allí. Desprecian sin miramientos al currante o estudiante que, arañando segundos a sus ínfimas vacaciones y vaciando de "leuros" cada uno de sus bolsillos se afana en visitar el mayor número de lugares posibles, en comer los socorridos platos combinados y en beber refrescos en lugar de degustar los excelentes platos y la magnífica selección de vinos que puede encontrarse en la carta del afamado restaurante de turno que ya visitó el que escribe. Tienen la desfachatez de añorar aquellos veranos en los que visitar Paris o Roma no suponía el incordio de encontrarse con cientos de japoneses cámara en mano, con miles de jóvenes mochileros tirados en las estaciones de Metro (turismo de alpargata lo llaman), con turistas de bermuda y camiseta que sentados en cualquier fuente devoran bocadillos envueltos con papel Albal. Aquellos si eran buenos tiempos para el viajero dicen ellos. ¿Por qué me da la impresión de que quienes escribes esos artículos no han tenido que enfrentarse nunca a un contrato basura? ¿Por qué tengo la sospecha de leer la pataleta de lo que para ellos debe ser el canto del cisne de su mundo privilegiado?
Y es que, afortunadamente los tiempos cambian, aunque a algunos les pese y además ya es hora de que se enteren: Jack London, que ese sí era un viajero, murió hace ya mucho tiempo.